Para ver a Marisol

Dicen que vivir es elegir, pero nada tuvo que ver el poder de decisión de Eduardo cuando terminó de abrocharse las mangas de la camisa azul y sintió que algo se había reacomodado entre las piezas de su destino. No un pequeño engranaje haciendo un clic, sino una pieza agregándose. Una pieza que antes no estaba pero que se comportaba como si siempre hubiera estado, como si ese lugar hubiese sido hecho a su medida, en encastre impecable.

Eduardo se miró a los ojos en el espejo y se puso el saco. Trató de ingorar la sensación de vértigo en el estómago y salió de su casa hacia la maquinaria de la ciudad, fingiendo que no sentía la certeza que se le alojaba en la nuca. Todo le pareció normal. El tránsito. El policía de la esquina. La señora del quinto con el perro caniche y la misma sonrisa triste de todos los días. La demencial vorágine.

“Pardo! Marina Fose! Todo Arequipa!”. El codo le golpeó la ventanilla mientras el bus volteaba. Vió las gotas de llovizna en el vidrio y se sintió reflejado en cada una de ellas. Con sus anteojos cuadrados y negros enmarcando su mirada multiplicada por millones.
Miró pasar la ciudad en un cortometraje detrás de su magnífica pantalla translúcida. Su nuca no dejaba de pesar mietras el silencio de la nada le pitaba en los oídos. Una sensación de esperar lo inesperado lo invadía, de divisar lo que no es anunciado y que suele sorprendernos a la vuelta de la esquina.
Ansioso escudriñaba la realidad esperando reconocer aquello nuevo de su vida, que no había hecho más que acomodarse en su mente como en su casa; buscando el más mínimo cambio en el continuo correr de su soledad por las calles nubladas. Cualquier señal que gritara “Aqui!”.

Simplemente no entendía como la tarde se avecinaba vertiginosa e implacable y todo seguía igual. Él la había sentido, calma y cálida, entrando en su vida, pero la realidad era abrumadoramente común. De nuevo el café, el trabajo, los timbres del teléfono, la misma asfixia de la rutina mustia y los ademanes milimetrados. Las miradas frías y rítmicas lo fueron meciendo dentro de su ya conocido mundo, cada vez más gris, cada vez más frío. “Algún rayo de sol” pensó mientras imaginaba su piel guardando el calor de un paseo soleado. Y pide a gritos que se vaya la soledad, aunque sea un ratito, aunque sea la ilusión de estar vivo.

Devorándose las horas el timbre del reloj marcó un punto y Eduardo ya había decidido que su mente lo engañaba, jugándole trucos e ilusionándolo con un resquicio de luz entre las manecillas del tiempo inclemente. Sin esperanza se entregó a las fauces chorreantes de la feroz nada. Se dejó comer vivo mientras sabía que la entrega era para siempre. Sintió cada fibra de su cuerpo ser destrozada por la certeza de que lo más lindo, lo más excitante y lo mejor de su vida, era su pasado. Marchito, antes que sentir todos sus restantes años en soledad, prefería no sentir nada.

Sus zapatos gastados martillaron la acera, mientras llegaba al Parque del Amor. Quería comer viendo aquel apasionado beso en arcilla roja, por más envidia que le diera, por más solo que se sintiera, porque la opción B era navegar inerte por entre las luces de colores fríos de su oficina vacía.

Y entonces, en un rayo de sol que se coló por las nubes, lo supo. La manga de la camisa azul, el espejo, la mirada del perro, la vuelta de más que hizo el bus, el escalón que se saltó cuando bajaba, el extraño viento cálido en medio de septiembre, el cielo que escampaba; todo estaba magníficamente engranado para situar el sol por encima de esos ojos cafés que vió fugazmente y que le hicieron sentir que toda su vida había sido un libreto, un guión detallado seguido a la perfección. Con un único y exacto final. Coronando su vida, moviendo hasta el más pequeño hilo de su destino. Como una flor siempre destinada a florecer, como un arroyo que solo puede fluir al mar.
Y sintió aquel hálito como un polen reverdeciente, contrastado al sol de las tres de la tarde, cálido, húmedo de la lluvia. Sintió fundirse cada pedacito de su tristeza, su soledad y su desazón, en aquella sonrisa que le devolvió el poder de emocionarse y que lo golpeó sin aviso cuando ya había olvidado su determinación de encontrar lo nuevo.Ahora sabía que había vivido toda su vida para eso, para ese momento; toda su vida para entender que su lugar no era sino al lado de esa sonrisa, tenue y encendida, sencilla y deslumbrante, clara y opaca. Toda su vida, para ver a Marisol.

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